El problema está, existe y se puede palpar. El bato éste del beto, sigue y sigue enviando mensajes. Su cerebro aún no procesa lo que le dije “Todo cambia, quieras o no. Los días siempre serán diferentes y la relación afectiva entre nosotros ya no es la misma”. Le entró por un lado y salió directo por el otro oído. El problema no es él, el problema sigo siendo yo —y no es canción del choto de Arjona— porque yo fui quien dió la pauta para que todo ocurriera y tuviera este rumbo extraño que posee. Él no es culpable, el culpable, no hay culpables. Se dió así nada más, fue muy extraño. Pasamos de mandarnos mensajes como amigos y terminamos mandandonos pendejadas, si, pendejadas fueron. No lo siento, me gustó mandar esas “pendejadas”.
—Ya me compré la ropita sexy que me dijiste.
—¿Y?
—¿Cuando la estrenaremos? Compré también para ti.
—Me vale.
El problema no fui yo, ni él, ni nadie. Fue el calor de Tabasco.
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